En esta ocasión, tenemos el placer de conversar con un autor que escribe desde la honestidad y la introspección, y que acaba de publicar con nosotros su nuevo poemario, En el serrín de las palabras. Se describe como alguien difícil de definir, consciente de las muchas versiones que uno mismo puede habitar —la que creemos ser, la que otros perciben, y la que realmente somos—.

Con un alma de Peter Pan y una madurez forjada a golpe de vida, su trayectoria literaria comenzó entre rimas escolares y versos satíricos, para evolucionar hacia una poesía marcada por la influencia de grandes nombres como Bécquer, Lorca o los Machado. Hoy, con un estilo propio que bebe de los clásicos, nos invita a sumergirnos en un universo poético lleno de sensibilidad y verdad.
Ya la sinopsis de su nuevo poemario habla del poder ambivalente de las palabras, capaces de sanar o destruir. ¿En qué momento de su vida sintió con más fuerza esa dualidad?
Las palabras, sobre todo de niños y adolescentes, cuando nuestra personalidad está todavía en ciernes, nos marcan para siempre, positiva o negativamente. Con la edad, las heridas dejan de sangrar pero las cicatrices permanecen despertando de tanto en tanto las voces que nos lastimaron y que silencian las que nos brindaron apoyo y aliento.
También se menciona la idea del “eco” de las palabras, de cómo nos marcan. ¿Hay alguna palabra o frase que le haya dejado una cicatriz imborrable?
Como he dicho, el eco de las palabras se prolonga en el tiempo y muchas veces, a pesar de los años transcurridos, sigue resonando en nuestros oídos y condicionándonos la conducta. Siempre hay quien nos niega cualquier mérito y se obstina en despreciarnos repetidamente. Y eso nos hace mella y erosiona nuestra autoestima. Y cuesta recuperarla.
Como poeta con una extensa trayectoria, ¿qué le resulta más difícil hoy al escribir, encontrar la palabra justa o despojarse de lo aprendido para decir algo nuevo?
Decía Picasso que la inspiración debe encontrarte trabajando. La inspiración no acude cuando la llamas sino que hace acto de presencia en los momentos más impensados. Ella elige el cuándo y el qué escribir. No basta con ponerse —antes, ante un papel y, ahora, ante el ordenador— y la inspiración llega. A veces, las ideas y las palabras acuden enseguida, y otras el folio o la página se queda en blanco. Y al repasar lo que se ha escrito anteriormente, se desecha porque no gusta o ya lo ha sido plasmado. En cualquier actividad humana, nunca se alcanza la cima, siempre es necesario seguir aprendiendo. En este aspecto, soy muy perfeccionista, nunca quedo satisfecho del todo y siempre encuentro algún fallo y corrijo de continuo.
¿Cómo influye su formación en Historia, Derecho y Ciencias Políticas en su manera de observar y retratar el mundo a través de la poesía?
Primero, cursé Formación del Profesorado de Educación General Básica, que amplié licenciándome en Geografía e Historia. El estudiar tres carreras ha sido un modo de exorcizar a mis demonios interiores. Una manera de rebeldía y de desprenderme de los lastres que me habían hecho vulnerable. El saber no ocupa lugar y me ha servido para observar y retratar el mundo desde otras perspectivas.
Ha sido reconocido en numerosos certámenes literarios. ¿Qué valor tienen hoy para usted los premios, y qué lugar ocupa este poemario en su trayectoria?
Los premios literarios son importantes. Primero, porque certifican que tu obra tiene una mínima calidad. No todo lo que se escribe, con rima o sin rima, es poesía. Y muchas personas se molestan y enojan al corregirlas o, simplemente, aconsejarlas. El mundo literario rebosa de egos. Y un premio te anima a seguir escribiendo y mejorando.
EN EL SERRÍN DE LAS PALABRAS es mi cuarto poemario por orden cronológico. Tengo inéditos uno anterior con varios poemas premiados aisladamente y otros tres que esperan en el escritorio de mi ordenador.
Forma parte del Movimiento de Escritores Pro Derechos Humanos. ¿Cómo se entrelazan el compromiso social y su escritura poética?
Gabriel Celaya escribió que la poesía es un arma cargada de futuro. Sirve para denunciar los desafueros y esforzarse por eliminarlos. El arte y la poesía han de comprometerse con la sociedad y señalar lo absurdo y lo injusto del mundo que nos rodea. Ahí radica el valor de las palabras y que quieran hacer serrín de ellas para borrarlas.
¿Diría que escribir es un acto de resistencia?
Para mí, escribir es una necesidad, una terapia, un modo de vaciarme por dentro, de limpiar lo que me corroe. Escribir es un acto de resistencia contra nuestros fantasmas, contra nuestros miedos, contra lo que nos oprime. Vestir de tinta el dolor o la alegría. Una buena obra ha de expresar y despertar sentimientos. No basta con que la técnica, medida, rima… sean perfectas; ha de llegar al lector y comunicarle algo.
¿Qué espera que el lector encuentre en este poemario que no haya encontrado en sus libros anteriores?
Talcomo he dicho anteriormente, este poemario ocupa el cuarto lugar cronológico. Es, como todos los míos, una obra intimista, un vaciamiento de mis sentimientos y de señalar aquello, a mi parecer, arbitrario e improcedente. Creo que a lo largo del tiempo he ido evolucionando, espero que para bien, aunque no me corresponde a mí indicarlo.
Como autor con una larga trayectoria, ¿qué le motivó a confiar en una editorial de autopublicación como Vexelis para sacar adelante esta obra?
Es difícil que te publiquen un poemario si no eres conocido. La edición de tres de mis libros era parte del premio. Leí la propaganda de Vexelis y me pareció interesante lo que ofrece y me animé a contactar con ustedes.
Por nuestra parte, estamos muy agradecidos por la confianza que ha depositado en nosotros un autor de la talla de Jesús, cuyo bagaje sin duda dejará una marca en los lectores que se adentren su nuevo poemario, En el serrín de las palabras, obra que recomendamos para su lectura atenta y pausada.


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