Nos complace presentar a Antonio Díaz Tortajada, sacerdote valenciano nacido en Castielfabib, en el corazón del Rincón de Ademuz, el 20 de octubre de 1947. Desde su juventud, cuando apenas comenzaba el Bachillerato, despertó en él una doble vocación: la pasión por la literatura —especialmente la poesía— y el periodismo, ámbitos que ha cultivado con hondura y compromiso a lo largo de su vida.

Ordenado sacerdote en 1973, ha desarrollado una intensa labor pastoral en diversas parroquias de la ciudad de Valencia, al tiempo que ampliaba su formación con estudios en Filosofía, Teología, Ciencias de la Información y Psicología. Su inquietud comunicadora lo llevó a colaborar en medios como RNE, SER y COPE, y a fundar la emisora católica Radio Luz, de la que fue director durante más de quince años.

Premiado en varias ocasiones por su labor periodística y autor de varios libros de poesía y ensayo teológico, Antonio Díaz Tortajada conjuga en su obra el rigor del pensamiento con la belleza de la palabra inspirada. Su voz es, sin duda, una de las más sólidas y sensibles en el cruce entre la fe, el arte y la comunicación. Hoy nos acompaña para hablarnos de Revelación, su más reciente poemario, donde la contemplación se hace verso y la experiencia mística se convierte en arte.


¿Cómo nace Revelación? Nos habla de contemplación y éxtasis. ¿Cómo los definiría?

La poesía mística nace de una vivencia pasada a través de la contemplación, esto es, a través del éxtasis o salida de uno para buscar al Otro. La poesía se hace mística cuando la experiencia de unión de amor con Dios se encarna con suma maestría en el arte de la palabra, esto es, un impulso de decir “algo” desde Dios; este “algo” es dado, dolorosa y amorosamente, a su estado de espíritu no sin la mayor o menor intensidad vivencial de un hecho, un acontecimiento, un fenómeno, un estado emotivo. El poeta místico se sabe poseedor de un sacerdocio estético. La propiedad definitoria de la poesía mística no es el tratamiento que tenga a Dios por tema, por descripción existencial, por recurso estilístico o por especie de elección ad experimentum; antes bien, la poesía mística añade una nota fundamental, que no posee la poesía en general: la elevación a arte de la unión de amor con el Absoluto en tal grado, que la constante poética debe evocar, en forma elevadísima y en todas sus imágenes, esta esponsal unión. El pequeño libro Revelación se incluye dentro de este contexto.

Usted ha trabajado intensamente en comunicación y medios, ¿qué le ofrece la poesía que no le da el periodismo o la radio?

Son complementarios. La poesía busca la “eternidad” en el tiempo y, sin embargo, el periodismo siempre es efímero porque una noticia chafa a otra: es demasiado ruido, es el tiempo sin eternidad.

¿En qué momento de su camino sacerdotal sintió que la poesía podía ser una forma de oración o de teología viva?

El poeta místico, en general, es precursor del poeta místico cristiano, anclado entre los dos polos del misterio de un Cristo que más grande poeta que ha tenido la historia lleva a cima la ecuación perfecta entre el dolor y el amor, la cruz y la gloria, la muerte y la resurrección. Sacerdocio católico y poesía mística se identifican. Desde muy joven descubrí la imagen sanjuanista de la esposa en actitud de silencio expectante y despojo de todas las formas de belleza, mientras se dispone a acoger y alumbrarse con la belleza del amado.

El poemario tiene un tono de profunda unión con lo divino. ¿Cómo describiría su propia experiencia mística o de éxtasis contemplativo?

La experiencia vivida por el poeta místico en unión con Cristo es el material de construcción, no solamente de la poesía mística en general, sino también del testimonio más eficaz para una paz estable en el mundo que solo puede conquistarse por el dominio amoroso de sí mismo. Mi experiencia mística, como sacerdote y poeta, consiste en expresar con suficiente destreza poética los diversos modos de la íntima experiencia personal que, en amor y dolor, mi alma tiene de su unión con Dios

Algunos podrían considerar que la poesía religiosa ha quedado relegada. ¿Cree que aún tiene un lugar en la vida espiritual contemporánea?

Una de las finalidades de la poesía religiosa, y de la mística en particular, es la confesión de una fe que el poeta vive en extática contemplación, sin fisuras, sin vacilación. Porque eso es la fe: apertura de la inteligencia, de la voluntad y del sentir al misterio profundo de la unión del alma con las personas divinas. La poesía religiosa-mística, por este motivo, no puede menos que ser confesional, unitiva, profética, pontifical, extática. Pero, además, detenta la misión de restaurar el roto diálogo unitivo de una humanidad, más que atea o agnóstica, autista. Si el ser humano no dialoga con Dios, tampoco podrá dialogar con su prójimo. La poesía mística es, en este sentido, liberadora, restauradora de este diálogo, de esta resquebrajada palabra de la humanidad.

¿Qué poetas —religiosos o no— han influido en su obra? ¿Hay algún autor o corriente que haya marcado su estilo o sensibilidad?

Tan solo cuando están apaciguadas las palabras de la mente, los pies descalzos, libre de atavíos, el corazón y la voluntad dispuestos para la escucha, en cómoda espera y estado vigilante como las vírgenes prudentes, entrecerrados los ojos con la actitud serena de quien espera el encuentro, con la confianza de que Él llegará, tan solo así los tenues susurros de sus pasos y la voz del amado se comienzan a escuchar: al Absoluto o a aquellos que también se han puesto a la escucha. Leer poesía es transfigurarse. Cambiar el ruido por el silencio. Y ahí están los grandes poetas que me han motivado a seguir buscando el encuentro enriquecedor. En primer lugar la obra de Vicente Aleixandre ha quedado muy patente en toda mi poesía y con ella los versos de Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Jorge Guillem, José Luis Martín Descalzo y Fernando Rielo. Escuchar necesita silencio, como la presencia profunda necesita soledad, tanto para escuchar al Absoluto como a otros poetas que ha realizado esta experiencia.

¿Qué papel juega el silencio en su proceso de escritura? ¿Diría que los poemas de Revelación nacen más del pensar o del orar?

El silencio es camino y meta de toda poesía. Hoy existe demasiado ruido. Para no perder detalle de la oportunidad contemplativa, hay que silenciarse, dejar que la luz del Misterio se haga presente, y que invada hasta la médula sin ponerle obstáculos y resuene su voz, su música callada. Este silenciamiento —que es oración— requiere varios momentos a través de los cuales se logra pacificar la palabra y el cuerpo. Después vendrá la fuerza de la imagen que será puente, hierofanía y lugar del encuentro que conectará con la divinidad que representa lo representado.

En uno de sus versos escribe: “que tengan todo de Ti y que de mí tengan menos”. ¿Es esa la clave de la poesía mística: vaciarse para que hable Dios?

La soledad y el silencio aparecen como circunstancias determinantes brindadas, son caminos o sendas ofrecidos por Dios para el ser humano espiritual que busca el “Misterio”, para llegar al corazón del “Misterio”; el poeta solo es un vehículo. Son espacios necesarios para librarse de distracciones y atajos que perturban la posibilidad de escuchar y recibir la intimidad del Absoluto, y que hable Él.


Por nuestra parte, solo nos queda agradecer a Antonio por habernos confiado este hermoso y profundo trabajo que es Revelación, una obra que trasciende el verso para convertirse en experiencia espiritual. Le deseamos que estos poemas sigan tocando corazones y elevando almas, como ya lo han hecho con quienes hemos tenido el privilegio de acompañar su publicación.

Desde la editorial, seguimos comprometidos con dar voz a autores que, como él, convierten la palabra en puente hacia lo eterno. Y quién sabe… quizás Revelación no sea más que el comienzo de un diálogo poético que aún tiene mucho por decir.

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